Solicitada. No hay peor sordo que el que no quiere ver PDF Imprimir Correo electrónico

"Hoy las minas son el fuego que conduce a los pueblos al desierto para poblarlo; y como requieren inteligencia, civilizan a la par que pueblan”

Domingo Faustino Sarmiento

Hace más de un siglo y medio, el gran sanjuanino murió batallando por desarrollar la minería de su provincia -nuestra provincia- contra los intereses de los testaferros pagados por el poder financiero internacional, los grandes terratenientes: de la pampa húmeda, los políticos corruptos, los funcionarios ignorantes y una opinión pública porteña encandilada por las luces de la modernidad pero indiferente a la miseria de sus hermanos de provincia.

En el reino del trigo y las vacas, Sarmiento aprendió que los dueños de la joven Argentina imaginaban la, minería como cosa de brutos, de gentuza remota que sobrevivía a duras penas entre el desierto y la montaña, uno y otra tan distantes del glamour parisino o la sofisticación londinense. Curiosamente, todos ellos estaban de acuerdo, tal vez porque en eso de denostar a la industria minera ya en aquellos tiempos daban por sentado que la izquierda y la derecha unidas jamás podían ser vencidas.

Tenían razón: así fue por más de 160 años, y una vez más, así intentan que vuelva a ser hoy. Los mismos intereses, los mismos buitres posados en las mismas alambradas, los mismos métodos de descrédito y falsedad, los mismos energúmenos hablando de lo que nunca han visto y condenando a quienes nunca se han molestado en conocer. La diferencia es que ahora los sanjuaninos no vamos a quedamos callados.

¿Sabe por qué?

Porque no estamos dispuestos a perder lo que hemos venido ganando con el sudor y el trabajo de nuestra gente, especialmente los más pobres. Porque no estamos dispuestos a ver otro éxodo de 200.000 comprovincianos hacia tierras que les permitan sobrevivir dado que aquí no tienen cómo hacerlo.

Porque no estamos dispuestos a ver cómo aparecen de nuevo las villas en nuestra provincia y el hambre en nuestras mesas. Y por todo eso, tampoco estamos dispuestos a soportar tutores morales de cartón pintado que vengan a imponemos qué debemos hacer con nuestros recursos, especialmente cuando lo hacen con los ojos cerrados, los oídos tapados, la panza llena y a 1.200 kilómetros de distancia.

De los 90.000 kilómetros cuadrados de nuestra provincia, sólo el 3% son valles con potencialidad agrícola. El restó es piedra, es desierto, es cerro, es nada. Porque no hay agua. Esto significa que difícilmente haya alguien en el mundo más interesado que nosotros en cuidarla, porque sabemos mejor que nadie que el agua es la diferencia entre la vida y la muerte.

Por eso hemos apostado por la minería. Pero no de cualquier forma, no a cualquier costo y no cualquier minería, sino la Nueva Minería, la única que consentimos y apoyamos. Una industria sustentable que -como en decenas de países altamente desarrollados- es capaz de generar progreso respetando tanto los recursos naturales como el patrimonio humano, ambiental, cultural y étnico de las comunidades donde se desarrolla.

Tenemos derecho a hacerlo. Lo decimos con todas las letras porque Sarmiento nos enseñó de federalismo, señalando que las provincias son anteriores a la Nación y que si bien la República se constituye a través de facultades que las provincias depositan en la Nación, esto no implica que deleguen poderes ni, mucho menos, su incuestionable soberanía sobre los recursos que poseen.

A partir de ello -sin prepotencia ni soberbia, pero haciendo uso de nuestras legítimas facultades institucionales- el 14 de julio recién pasado sancionamos por unanimidad de todas las fuerzas políticas provinciales nuestra ley de Glaciares, y ocho días después firmamos el decreto reglamentario que dejó constituido el Consejo de Protección de Glaciares, integrado por un representante de cada sector político provincial.

Es verdad: no hay peor sordo que el que no quiere ver. Nos enfrentamos a gente ignorante pero -peor aun- él gente necia. Gente que está ciega a lo que cientos de miles de sanjuaninos están dispuestos a mostrarle, y sorda a lo que cientos de miles de sanjuaninos están dispuestos a decide. Gente que por incultura o ideología se niega a saber sólo porque la verdad no coincide con sus propios prejuicios.

Cuando Sarmiento clamaba por el desarrollo minero y aun hasta hace unos pocos años, San Juan era una provincia que se veía pequeña y pobre, prácticamente terminal, acorralada contra las montañas y abandonada a. su propia suerte. Pero ya no. Hoy San Juan se yergue sobre sus propios pies, lidera las estadísticas de desarrollo económico, es ejemplo de transformación social y modelo de integración entre lo público y lo privado.

Con humildad y tesón, una a una fuimos sacando las piedras del camino y una a una vamos a seguir haciéndolo, cambiando lo que haya que cambiar y mejorando cuanto pueda ser mejorado.

Pero sin agachar fa cabeza ante los que nos quieren dictar cátedra de moral con los ojos vendados por más de 1.200 kilómetros de lejanía, sin preocuparse ni darle crédito a lo que quieren y necesitan quienes viven de y en esas tierras. Y si de soluciones facilistas se trata, les proponemos que nos den sus llanuras y trigales y que a cambio ellos intenten sobrevivir sin minería en nuestros cerros.

San Juan es y será Tierra Minera. La historia está de nuestra parte. Y el futuro también.

Soy Minero. Somos el pueblo de San Juan. Sarmiento vive en nosotros.